¿CÓMO MEJORAR LA FORMA DE COMUNICARME CON MI PAREJA?
Parece algo inevitable, incluso cuando previamente te has planteado que no vas a discutir, que la próxima vez plantearás una conversación amable, donde expondrás tu punto de vista para que éste, sea comprendido y compartido y, sin darte cuenta: “otra vez lo mismo, no podemos hablar… “
Esta espiral que genera una situación desagradable, que acaba con un coste emocional alto y agotador, termina, como toda situación aversiva, por ser evitada, y al final, ya no hay conversaciones ni para comunicarnos, el silencio se ha normalizado y no hay nada que decirse, “¿para qué? Si no se puede hablar, si no me entiende y me voy a sentir fatal… mejor evitamos esa situación”
La comunicación poco a poco se va degradando, se va perdiendo el interés, la motivación y las ganas de contar nada. La falta de tiempo, el cansancio y la rutina llevan a normalizar que la comunicación sea nula e inexistente.
Pero esta “normalidad” poco a poco se va convirtiendo en vacío, en desidia y en angustia. Cada vez es mayor y cada vez cuesta más asumirla y querer vivir con ella. Llegados a este punto, sólo queda una salida: cambiar esta situación. Pero, esta situación está tan instaurada en la relación que no se sabe por dónde empezar.

Como en todos los inicios el primer paso es el de la MOTIVACIÓN. Muchas de nuestras decisiones son emocionales. Y por ahí comenzaremos: trabajando la emoción. Restaurar la comunicación es fundamental, tanto si la pareja quiere continuar como si no; y sin ninguna duda, si además hay hijos en común; porque, en este último caso, será obligatorio mantener una relación, aunque no sea de pareja.
¿Por dónde empezamos entonces?
- Realizar un trabajo individual previo.
No podemos manejar lo que hace y dice el otro, pero sí lo que hacemos y decimos nosotros. Nuestra actitud y nuestra forma de expresar pueden influir indirectamente en el otro. No se trata de “manipular”, sino de “contagiar” esa actitud y ese talante, generando un ambiente amable para la comunicación. Para llegar a este punto, primero debemos comenzar por nosotros mismos.
Quizás la primera pregunta que debemos hacernos es: “¿Qué es lo que quiero?” . Una vez hemos contestado a esta pregunta, nos realizaremos otra: “¿Qué es lo que necesito?”.

Para responder a estas preguntas es preciso hacer un análisis de la situación y realizar un trabajo de introspección más profundo en nosotros mismos: cómo me siento, cómo quiero que sea la relación con esta persona, qué caminos podemos seguir, cómo visualizo mi vida de aquí a 5 años, qué papel tiene esa persona en mi vida… cada uno deberá profundizar en sí mismo.
Desde aquí trabajaremos la emoción, distanciándonos de la primera y la más inmediata que surge cuando pensamos en las discusiones, en los rencores, en lo que queremos reprochar, visualizando y rumiando situaciones del pasado que confirman nuestras narrativas y que de forma automática encienden esa emoción de rabia, rencor, venganza e ira; y que responden a la necesidad de ser legitimados, escuchados, comprendidos y recompensados por el daño.
Estas emociones surgen de los hechos pasados. Algunas de estas emociones están justificadas y otras, en la obviedad y la falta de legitimación, se han incrementado y cronificado por la falta de comprensión del otro. Han sido censuradas, bien por el propio emisor o bien, por el receptor que no quiere escucharlas o no lo hace como su emisor necesita que lo haga. Es decir no han podido “expresarse a gusto” y se ha hecho un nudo inmenso, cronificando el dolor y el rencor.
Todo ello viene del pasado, de lo que ha ocurrido y, ya no puede cambiarse. Y, como ya no puede cambiarse no tiene sentido, ni sirve de nada seguir dando vueltas con el mismo hilo anudado. Debemos romper el hilo en el presente y mirar hacia el futuro para seguir viviendo libres: para ello reclamaremos legitimación, pero primero debemos legitimar al otro (porque también lo necesita), si no lo hacemos seguiremos dando puntadas con un hilo anudado que no nos deja seguir cosiendo.Si legitimamos al otro, conseguiremos romper su nudo y posteriormente estará mucho más receptivo para legitimarnos a nosotros. No importa quién comience este camino, lo importante es el fin para el que se ha iniciado. Es necesario quitarse el traje de víctima y pensar en soluciones proactivas. Debemos pensar y convencernos de que la solución está en nosotros y que vamos a hacer todo lo posible por llegar a ella con nuestra actitud: “te escucharé para comprenderte y liberarte de tus narrativas y cuando tu estés libre de rencor, estarás en posición de comprenderme a mí, entonces me liberaré yo; y juntos miraremos al futuro”.
No queremos dar una visión romántica del desenlace de la situación, ese futuro no tiene por qué ser el de seguir juntos como pareja, pero sí el de poder hablar sin odio ni resentimiento, pudiendo comprender que las parejas pasan por diferentes ciclos y, el de la separación es uno más que puede darse, pudiendo mantener una relación amable una vez que la pareja como tal haya llegado a su fin.
Es un error pensar que la comunicación es fácil, no lo es, es muy compleja en ocasiones, por eso hay que cuidarla.
Cuando pensamos en el otro, pueden surgir emociones de los pensamientos y recuerdos que lleven a descontrolar la conversación y volver a entrar en la espiral de los reproches y del “tú más”. Cuando esto ocurre es porque en nuestro cerebro está dominando “la amígdala”, que es una estructura en el cerebro que “emite las emociones”. Cuando la amígdala se despierta con intensidad, y pasa de un determinado umbral, es difícil pararla, y volvemos a estados primarios animales: si nos sentimos atacados responderemos con el contrataque, la huida o la paralización.

Esto ocurre igual con las demás emociones y siempre tenderemos a preservar nuestro bienestar, aunque la forma de hacerlo no siempre sea la más correcta. Somos hedonistas por naturaleza, buscamos el bienestar por encima de todo y esto empieza por evitar, o escapar, de aquello que nos causa malestar.
Cuando la amígdala se ha disparado, la parte del cerebro que puede cumplir la función de gestionarla adecuadamente, el cortexfrontal, queda anulado. El cortexfrontal se encarga de las funciones superiores corticales: la atención, la concentración, la memoria, la planificación y solución de problemas, etc., es decir, pensar y hablar adecuadamente.
Ambas estructuras son fundamentales en la gestión de las emociones y las cogniciones, por lo tanto, en la interacción con los otros. Cuando la amígdala anula al cortex frontal porque ha superado un determinado umbral, lo que puede salir por nuestra boca motivado por emociones como la rabia, la ira y el rencor, corromperá la relación y volveremos a esa espiral de discusión e incomprensión mutua, cada miembro volverá a su posición y el discurso contra el otro se afianzarán un poco más aún, si cabe.
Como es una situación aprendida, cualquier mínima cosa disparará la reacción desbordada de la amígdala y la emoción se generará automáticamente con un gesto, una postura, una pregunta, etc. Estos disparadores son las micro- interacciones, que se registran de forma inmediata e inconsciente y disparan toda una serie de interpretaciones que nos hacen reaccionar con rapidez porque se perciben como amenaza y nos llevan en un muy poco tiempo a desbordarnos emocionalmente.

Entre las parejas, estas micro- interacciones están muy presentes, porque ambos miembros se conocen bien. Un gesto del otro es interpretado rápidamente y no se da tiempo a que se pueda explicar o a preguntar “por qué”, para poder escuchar y legitimar, no, la amígdala se dispara y no tiene freno. En ese momento se da una DESREGULARIZACIÓN iniciada por uno de los miembros de la pareja y se activan las neuronas espejo en el otro miembro, dándose el contagio emocional, de forma que ambos miembros activan los comportamientos instintivos primitivos de autodefensa: atacar, huir o paralizarse.
Con el objetivo de que la amígdala no nos lleve a este estado primitivo de supervivencia, debemos trabajar previamente las emociones que sentimos y que debemos gestionar adecuadamente en la comunicación con la pareja. Si nos adelantamos de forma consciente a ello, la mantendremos en un umbral adecuado para dejar trabajar al cortex frontal y así poder planificar lo que queremos decir y expresar adecuadamente, de forma que estaremos lo suficientemente receptivos para escuchar al otro y poder legitimarlo, el cual será el punto de partida para que el otro nos legitime a nosotros.
- Pensar en lo que queremos decir y cómo lo vamos a decir
Si es necesario elaboraremos un guion por escrito. Identificaremos la emoción que nos generan esos temas y gestionaremos la emoción desde dónde queremos expresarlos. Para ello haremos un ejercicio previo de “meternos en esa emoción deseada” y, hablaremos y transmitiremos desde ella, sin salirnos de ahí durante la conversación. Gestionar adecuadamente esta emoción es la clave de la comunicación. No vamos a obviar que la dificultad es grande, por ello insistimos en realizar un trabajo previo de conciencia emocional.
Cuando se inicia una conversación en la que tocamos temas que nos afectan mucho, se activa la amígdala. No consiste en censurarla, sino en gestionarla para que no se desborde y “pierda la razón”.
- Adelantarnos a las posibles contestaciones: romper con el “disco rayado”
Contestar y expresar cómo nos sentimos desde esa emoción que hemos gestionado y trabajado previamente. Para ello podemos adelantarnos a esas micro – interacciones que pueden surgir y “no sucumbir a la tentación” de dispararnos y volver a la espiral de siempre. Para ello podemos darnos autoinstrucciones del tipo “no interpretes, ESCUCHA”.
- Realizar un trabajo previo de EMPATÍA
Tendemos a centrarnos en lo que nosotros sentimos, y tenemos la urgencia de transmitir porque queremos que se nos legitime y que se nos entienda: buscamos recompensa y queremos reprochar nuestro malestar. Pero es que, a nuestro receptor le ocurre lo mismo y, como hemos comentado anteriormente, con nuestra conducta y actitud, podemos influir sobre la suya.
La palabra EMPATÍA se usa con mucha frecuencia como un reclamo a los demás, pero pocas veces la ejercemos de verdad nosotros. Ejercer la empatía no termina en reconocer las emociones en los otros. Este paso es sólo el punto de partida de la empatía.
Una vez hemos reconocido qué emoción está sintiendo el otro, debemos de comprender por qué siente esa emoción. No quiere decir que haya que compartirla ni justificarla, sino, desde su marco referencial, comprender que sienta esa emoción. Este es un detalle importante porque nos cuesta salir de nuestro marco referencial y tendemos a pensar desde nuestra perspectiva, obviando la situación real del otro.

Cuando hemos comprendido como se siente el otro, podemos predecir su comportamiento coherente con esa emoción y, por último, seremos también coherentes en nuestro comportamiento y actitud frente a esa emoción que hemos detectado en el otro (si está triste, quizás no sea buena idea pedirle que vayamos a una fiesta de disfraces y reprochar su negativa). Si queremos dar un paso más allá y ser útiles ayudando al otro, entonces sí, lo haremos desde nuestro marco referencial brindando nuestra mano para “sacarle del pozo”.
Para poder realizar este proceso de EMPATÍA debemos comenzar por ubicarnos en el marco referencial del otro y el punto de partida es ESCUCHAR.
Escucha activaSi no escuchamos al otro, corremos el riesgo de “volver a lo mismo”. Si hemos hecho un trabajo previo, en el que hemos planteado cual será nuestro objetivo y qué actitud debemos mostrar y sentir, nos resultará más sencillo estar relajados y mantener nuestra amígdala controlada. Escucharemos con tranquilidad y profundidad, con el objetivo de comprender y empatizar, dejando a un lado lo que queremos reprochar o contestar urgentemente mientras el otro habla. Ya llegará nuestro turno, ahora es el momento del otro que, debe desahogarse y explicarse.

Aprovecha para recoger información, porque hay mucha que hemos malinterpretado y mucha que hemos obviado, por la falta de comunicación. Nosotros hemos dado por hecho y el otro también. Vamos a entender y comprender de verdad lo que siente, solo así conseguiremos que también nos comprenda y legitime.
Comprender no significa compartir. Siempre hay que intentar comprender los motivos de los demás que, a veces, no tienen nada que ver con lo que entendemos, por “lógico” que nos parezca nuestro razonamiento. A veces, los motivos son inconscientes, subyacen en la persona que no ha hecho un trabajo de introspección, y por lo tanto, están muy lejos de poder verbalizarlos. Desde fuera se ve todo mucho más claro, pero las personas no lo vemos en nosotros mismos o no queremos verlo, porque nos hace daño, porque pone en cuestión nuestros valores o la falta de coherencia con éstos.
Por eso, hacer un ejercicio previo de introspección es fundamental y facilitar que el otro lo haga, también lo es.
- Evitar hacer afirmaciones categóricas:
Para nosotros “esa preposición es así” y la mantenemos como un dogma real e inamovible. Debemos cuestionarnos: “¿Y si, estoy empeñado en que esto es así, y resulta que no lo es?” No solo es real aquello que percibimos porque hay más puntos de vista que se nos pueden escapar.
Aferrarse a una “narrativa” porque es lo que mejor explica nuestra percepción es un error. Debemos escuchar para ratificar esas hipótesis que hemos convertido en teorías de tanto repetirlas, las cuales, si no nos dan más información, hacemos reales.

La información la buscaremos mediante la escucha, no mediante el “asedio”, porque si no volvemos a la espiral y nos olvidamos de nuestro objetivo, que es salir de ella.
Podemos exponer como nos sentimos desde una sinceridad amable, desde la necesidad que tenemos de que nos comprendan, de informar sobre lo que sentimos, evitando hacerlo desde el reproche. Si usamos el reproche volvemos a la espiral: cargamos armas y, todos vamos cargaditos… consiste en “descargar las balas sin dispararlas”.
- Buscar un momento libre de carga emocional
Esta es una de las mayores dificultades, sobre todo si se trata de una pareja que tiene hijos. A veces la dificultad está en que adelantamos un momento de conversación que acabará como siempre; en discusión, entonces tampoco hay mucha motivación para hacerlo, ¿Quién quiere pasar un mal rato? Pues, lógicamente, nadie. Y menos, si el tiempo libre de que dispones es poco, es un “desperdicio de un tiempo” que, se supone que tiene que ser placentero.
Habrá que hacer un esfuerzo y desviar de nuestro pensamiento que la conversación acabará como siempre. Creer de verdad que, aunque no se llegue a un gran cambio, si se podrán sentar unas bases para comenzar a hablar (que en muchos casos, según la situación a la que se ha llegado, es mucho). Al principio será un gran esfuerzo, pero una vez que la comunicación se haya restaurado mínimamente, este proceso resultará más sencillo, porque vamos a tener más ganas, no adelantaremos una situación desagradable y poco a poco nuestra motivación cambiará. Y como se ha comentado anteriormente, la motivación lo es todo.
- Mantener la idea de que no somos víctimas
Debemos convencernos de que somos proactivos y capaces de buscar una solución y tomar decisiones. Apartar las justificaciones que nos limitan .No es sencillo atravesar esta barrera porque la dificultad se encuentra en interiorizar esta idea, estar realmente convencidos de ello y sentirla de forma que se constituya en motivación que nos haga actuar. Liberarse de esa limitación: “además de conocer la letra, escuchar y sentir la música”.
Una vez que atravesemos esta barrera, ya será más fácil pero será necesario empezar por uno mismo y no esperar que lo haga el otro porque, quizás no lo haga nunca. Invertir en este proceso será una de las mejores apuestas para la vida, porque será una herramienta que siempre estará contigo y te hará más resilientes para afrontar todo lo que esté por venir. Será un aprendizaje útil que llevarás siempre contigo. Tú serás la solución.
El acompañamiento y apoyo psicológico para elaborar todo este proceso es fundamental. En función de cada caso y cada historia, habrá distintas variables y factores que haya que tratar de forma personalizada. El proceso de introspección requiere de apoyo y guía. Como si de un puzle se tratara, colocar las piezas es una tarea laboriosa. Tenemos las piezas, pero no vemos la imagen de referencia.
Todos necesitamos colocar las piezas sueltas, lo iremos haciendo a lo largo de nuestra vida. Aprender a hacerlo facilitará el camino.

Desde Cambialo queremos brindarte la mano para acompañarte, si en este camino te estás encontrando cruces, piedras, rocas y hasta muros. Te enseñaremos maneras de limpiar y buscar caminos alternativos.
Pero nunca dejes de andar, el camino es la vida y siempre hay que vivir: nosotras te acompañaremos.
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